A José Antonio Delgado
Es el pináculo del mundo, guardando misterios eternos.
Se adorna con magnificencia; un níveo velo corona
silente, la esbelta hermosura de la majestad que se entrona
como dueña y bella señora de la divina creación.
Imperturbable se descubre en claro reto a los valientes,
se deja, siendo complaciente, acariciar por las miradas,
recibe el cortejo de un séquito de regias montañas nevadas
y el silbido del raudo viento que entona incesante canción.
La excelsa bóveda celeste viste titilantes estrellas
o se atavía con añil y un brillante broche de oro,
para jugar con sus enaguas y engalanarla con decoro,
resaltando el gris verdiblanco hechizo de las serranías.
¿Quién besará su regia aureola y hará realidad sus sueños?
Ante tal majestuosidad, el alpinista suspira
por alcanzar la cumbre y el poeta se inspira
esparciendo como rocío un susurro de melodías.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario